miércoles, junio 23, 2010


El General fuera de control
¿Cómo he podido verme metido en esta cena? Pregunta el General Stanley McChrystal. Es jueves por la noche de mediados de abril, y el comandante de las Fuerzas Armadas y de la OTAN en Afganistán está sentado en la suite de un Hotel Westminter, de cuatro estrellas, en París.

Se encuentra en Francia para vender su nueva estrategia de guerra a nuestros aliados de la OTAN –para mantener la ficción, en esencia, de que de verdad tenemos aliados. Desde que McChrystal asumió el mando, hace un año, la guerra Afganistán se ha convertido en propiedad excluisiva de los Estados Unidos. Las oposiciones a la guerra, ya han acabado con el gobierno danés, forzando la dimisión del presidente alemán y provocando que tanto Canadá como Holanda anunciaran la retirada de sus 4.500 tropas. McChrystal está en París para evitar que a los franceses, que han perdido más de 40 soldados en Afganistán, les tiemblen las piernas y comiencen a dudar.
“La cena viene con el puesto, señor”, dice su jefe de gabinete, el Coronel Charlie Flynn.
McChrystal se gira rápido en su silla.
“Eh, Charlie”, le pregunta, “¿viene esto con el puesto?”.
Mientras, le enseña el dedo del centro.
El general mira a su alrededor, a la habitación que su equipo de viaje de diez personas ha convertido en un centro de operaciones a gran escala. Las mesas están llenas de ordenadores portátiles de gran resistencia, y cables azules entrecruzados sobre la gruesa moqueta del hotel, conectados a antenas parabólicas para proveer línea de teléfono encriptada y comunicación vía e-mail.
Va vestido de civil e informal, con corbata azul, una camisa y pantalones de sport (McChrystal no se encuentra en su elemento). París, como uno de sus asesoradores dice, es “la ciudad más anti-McChrystal que se pueda imaginar”. El general odia los restaurantes lujosos, rechazando cualquier lugar con velas sobre las mesas, por ser “demasiado Gucci”. Prefiere su cerveza Bud Light con sabor a lima (su favorita) al Burdeos; y películas como Pasado de vueltas (comedia deportiva intrascendente), su filme favorito, a Jean-Luc Godard. Además, estar en el escaparate de cara a la opinión pública nunca ha sido un lugar donde McCrystal se sintió cómodo: antes de que el presidente Obama lo pusiera al mando en la guerra de Afganistán, estuvo cinco años llevando a los Black Ops (grupos de operaciones especiales) más secretos del Pentágono.
“¿Cuál es la actualización en el bombardeo de Kandahar?”, le pregunta McChrystal a Flynn. La ciudad ha sido golpeada con dos potentes coches bomba en un solo día, levantando la duda sobre las garantías del general de que podía arrancársela a los talibanes.
“Tenemos dos KIA,s [Killed in action, muertos en acción], pero no me lo han confirmado”, dice Flynn.
McChrystal echa un último vistazo a la suite. A los 55 años, está descarnado y delgaducho, algo así como una versión mayor de Christian Bale en el filme Rescate al amanecer. Sus ojos azul oscuro tienen la inquietante habilidad de penetrarte cuando se fijan en ti. Si la jodes o le decepcionas, pueden destrozar tu alma sin la necesidad de que él alce la voz.
“Preferiría que me pegaran una paliza todos los que caben en esta habitación a tener que ir a esta cena”, dice McChrystal.
Hace una pausa.
“Desafortunadamente, nadie de esta habitación podría hacerlo”:
Y sale por la puerta.
“¿Con quién va a la cena?”, le pregunto a uno de sus ayudantes.
“Algún ministro francés”, me dice, “es una gilipollez”.
A la mañana siguiente, McChrystal y su equipo se juntan para preparar un discurso que el va a dar en la École Militaire, la academia militar francesa. El general se enorgullece de ser más agudo y con más cojones que nadie. Pero su descaro tiene un precio: aunque McChrystal ha estado al mando de la guerra durante sólo un año, en ese tiempo se las ha apañado para cabrear a casi todas las partes implicadas en el conflicto. El otoño pasado, durante una sesión de preguntas y respuestas, siguiendo un discurso que había dado en Londres, McChrystal desestimó la estrategia antiterrorista, respaldada por el vicepresidente Joe Biden, como “corta de miras”, alegando que conduciría a un estado de “Caos-istán”. El comentario le valió una colleja del presidente, en persona, que llamó al general a una lacónica reunión privada a bordo del Air Force One. El mensaje a McChrystal pareció claro: cállate la puta boca, y pasa desapercibido.
Ahora, repasando las notas de su charla en París, McChrystal se pregunta en voz alta qué pregunta sobre Biden le tocará hoy, y cómo deberá responder. “Yo nunca sé qué va a surgir ahí subido, ese es el problema”, dice. Entonces, incapaces de ayudarse a sí mismos, él y su equipo imaginan como sería esa contestación, en una sola línea: “Está usted preguntando por el vicepresidente Biden”, McChrystal dice riendo.
“¿Quién es ese?
“¿Biden?”, sugiere su ayudante de más rango.”Has dicho Bite me (muérdeme)"?

Esta entrevista pueden leerla en su versión en Ingles o Español.

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